miércoles, 12 de noviembre de 2014

Ahí estaba yo, junto a todas mis otras formas y ganas de volverme aire, tierra, fuego y agua, y fue más que suficiente, echar un par de jugos a la mochila y marcharse, y uno sabe que cuando pasan estas cosas uno cambia, no vuelve igual, porque ¿cómo puede uno ser igual cuando se tiran los prejuicios, se tiran los miedos, y se recibe la paz, la libertad, el aire, la tierra, el fuego y el agua?. Podría detenerme en cada estado y decir muchas historias, en cada una me podría perder una eternidad y volver y mutar cómo el virus más mortal, cómo el universo entero junto a sus sonidos y estrellas danzarinas. Todo eso me envolvió, cómo si la vida misma estuviese echa a mano, por la mejor tejedora, con hilos finos, suaves, que cubren cada célula de mi cuerpo, dónde el todo era más que suficiente, dónde la nada era más que suficiente porque estaba yo y el universo, en un encuentro casual y eterno, mi cuerpo desnudo, mi alma llena, acariciado por las vidas libres que se unen al viento, cómo haciendo una invitación a irme con ellos en busca de almas libres, de corazones alegres y perderme quizá en una rincón cualquiera de una tierra lejana, mirando de cerca la vida misma. Y todo esto pasa así, sin pensarlo y ahí estaba yo, desnudo, siendo uno con el todo, el aire recorre mi cuerpo, la tierra llenándome de vida, el agua limpiando mi alma, encendiendo el fuego que nunca se apaga.

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