lunes, 14 de septiembre de 2015
Tuve un gato con la cola cortada, se movía para todos lados, amaba dos cosas, una de ellas era acostarse entre dos muebles que estaban juntos en el living de mi casa, la casa era chica, tenía 3 piezas, un baño. living comedor, una cocina chica, vivíamos 9 ahí, 9 almas, todos nos amábamos, aun lo hacemos, mi papá llegaba sólo los fines de semana, otro estudiaba en Concepción, yo era chico, y esa casa chica era enorme, amaba ese patio, mi mamá lo decoraba muy bien, con flores, plantas, y ahí tenía sus mejores recuerdos del campo, donde ella era más feliz, tenía sus pollos, sus patos, todo cabía en ese patio, hasta el pasto era más verde ahí que en ningún otro lado, la piscina era el lugar más alegre de la casa, mi mamá se bañaba de noche, en pleno verano, un verdadero placer, el pancho, mi perro, ciego de un ojo, el más fiel del mundo, me faltaron manos para hacerle cariño, me faltaron años para disfrutar ese lugar, los mejores pobres años de mi vida, y ahí estaba ese gato. Su segundo lugar preferido era la palmera del ante jardín, ese que compartíamos con el vecino, no habían rejas que separaran las casas, no existían esas mini cárceles que se tragan a sus dueños, mi papá hacía un techito en el verano para que no se secara ese pasto, yo lo pisaba a pies descalzos, me manguereaba, me sentaba en el medidor en la noche acompañando a mi mamá mientras regaba, ella decía nada, y yo pegado viendo las estrellas, era navidad, el árbol se veía estupendo, lleno de colores hacia el ante jardín, pero mis ojos estaban en las estrellas, pensaba que me miraban, muchas veces vi algunas caer, y pensé que venían a mi, es cierto, soñaba con eso, y mientras respiraba el olor a tierra mojada (que por cierto me encanta) que ascendía por todos lados, yo me quedaba sin palabras. la vida perfecta pasaba frente a mis ojos.
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